Trabajar como guarda nocturno en el museo etnológico de la localidad era todo un chollo. En aquel pequeño pueblo de escasamente mil habitantes, nunca pasaba nada, por lo que el riesgo de sufrir algún robo era muy improbable. Tampoco es que hubiera nada de valor, pues el museo estaba formado por una pequeña colección de trajes típicos, útiles de viejos oficios rurales, instrumentos y herramientas, mantenida toda ella exclusivamente por las donaciones de las familias de la localidad, que a penas tenían valor material. De hecho, el empleo de guarda nocturno nunca había existido, pero gracias a la ayuda de la Unión Europea, el mismo se ofertó a los vecinos con la intención de retener a una familia en el pueblo, ya que por culpa del gran número de parados existente, cada año abandonaban más personas la localidad para vivir lejos de allí y la población descendía continuamente.
Lo bueno de tener un trabajo que realmente no se necesita y que encima está subvencionado, es que nadie se preocupa de cómo se realiza el mismo. El vigilante se limitaba a llegar al museo a las diez de la noche, cuando cerraba, dar una vuelta por sus dos plantas para comprobar que todas las ventanas estaban cerradas y las luces apagadas, para finalizar sentado en la recepción, viendo la televisión hasta medianoche. Después cenaba y veía alguna película en su ordenador portátil, hasta que se quedaba dormido, más o menos sobre las dos. La alarma de su teléfono móvil lo despertaba a las ocho menos cuarto, se aseaba en el lavabo, tomaba un café y esperaba a que a las ocho en punto llegase la señora de la limpieza para marcharse a casa a dormir. Esa era su rutina diaria.
A cambio de tantas comodidades, el vigilante se había comprometido a que su descanso semanal fuese el de dos días no consecutivos ni en fin de semana, los cuales deberían de ser además aleatorios, pues esos días que faltaba no tenía persona que lo sustituyera. Se pretendía así evitar que la gente supiera qué días no había vigilante en el museo. Esfuerzo vano, pues todos los vecinos sabían exactamente cuándo libraba: Esa noche estaba, puntual como un reloj, vestido de paisano, tomando copas en el bar de la plaza mayor desde las diez hasta las doce. ``Es que no puedo dormirme antes. La fuerza de la costumbre'', decía a todo aquel que le preguntaba.
Y la verdad es que nadie se enfadaba por ese fallo en las medidas de seguridad del museo. Éste era algo del pueblo, de todos sus habitantes, y ninguno estaba interesado en ir a robar las cosas que ellos mismos habían aportado; unos por ser cacharros que molestaban en sus casas y no sabían que hacer con ellos y otros porque eran muy conscientes de que todo aquello no era más que quincalla, por mucho valor sentimental que se le otorgase. Eran, ni más ni menos, que las herramientas con las que habían visto trabajar y padecer a sus mayores, o los trajes con los que se casaron sus bisabuelos.
Otra cosa eran los pocos turistas que visitaban el lugar. El pueblo estaba en la ruta a un paraje natural poco conocido, pero excepcionalmente bello, y de vez en cuando se dejaba ver alguno. Para muchos de ellos, las piezas del museo tenían un cierto valor y no faltaba quien hacía alguna oferta por un mueble o por un viejo arado, pretendiendo adquirir una pieza con la que decorar alguna propiedad rústica. Pero nunca se vendía nada, pues al ser objetos donados para su exposición, el museo no podía hacer negocio con ellos. Sin embargo, siempre existía algún vecino con piezas similares dispuesto a venderlas, por lo que, además de exponer las piezas de su colección, el museo servía como punto de referencia para todos los que quisieran comprar o vender antigüedades.
Además del contenido del museo, el edificio en sí era algo digno de destacar. La robusta edificación de mampostería sobresalía entre las casitas blancas del pueblo. De planta cuadrada y dos pisos, con enormes ventanales, el caserón había sido en otros tiempos juzgado de paz, sede de la cámara agraria, casa consistorial, almacén de grano y otras muchas cosa más, aunque originalmente fue el palacete de un marqués del que ya casi nadie recuerda su nombre. Los salones de grandes techos, iluminados por las altas ventanas que inundan el sitio con la luz del sol, llenos de expositores con trajes típicos y aperos de labranza, nos trasladaban sin esfuerzo varios siglos atrás en el tiempo, cuando los propietarios de todas aquellas cosas aún vivían. Seguramente que en más de una ocasión visitarían aquellos mismos salones para rendir vasallaje, pagar impuestos o recibir justicia. Seguramente que más de uno fue lo último que vio, antes de morir. Ironías del destino, sus nombres se perdieron hace años y sus objetos, como en una excavación arqueológica, son los que ahora nos hablan de sus vidas.
Pero en los pueblos, casi nunca han sido los objetos los que han contado cosas de sus antiguos habitantes. La historia local allí siempre ha sido narrada a través de sus leyendas. Leyendas que todos conocen, mil veces repetidas frente a la chimenea, cuando el baile hipnótico del fuego atrapa a los hombres en la melancolía. O en las noches de verano, tumbados en mitad del campo, tras un largo día de siembra, cuando las estrellas nos insinúan viajes y aventuras. O en la barra del bar, en las largas noche de invierno, cuando el hastío impulsa a recordar. O simplemente, cuando en una reunión de buenos amigos, en la intimidad de la camaradería, alguien cuenta algo extraordinario, sobrenatural, impulsando al resto a rememorar el repertorio de historias escuchadas a sus padres, aquellas que les contaron con tantos detalles y tanto esmero y que nunca olvidaron. Aquellas historias mediante las que ellos, los hijos, sintieron, por primera vez en su vida, al escuchar al padre hablar sin tapujos de la muerte, del miedo, de la incertidumbre, que eran tratados como iguales.
Y, evidentemente, aquel caserón, sede del museo etnológico, también tenía su leyenda.
Juan Carlos, el vigilante nocturno del museo, recordaba perfectamente la leyenda de aquel palacio y de uno de sus inquilinos. Le había causado tal impresión que acudía a su cabeza frecuentemente cuando estaba trabajando. Se la contó por primera vez D. Agustín, el historiador local, personaje famoso en el pueblo por haber escrito algún que otro libro sobre la historia del lugar y por ser el único que de vez en cuando se atrevía a bucear en los olvidados archivos municipales, de los que rescataba anécdotas e historias que los lugareños ya tenían más que olvidadas. Hacía unos meses, una noche que Juan Carlos libraba y estaba, como de costumbre, tomando algo en el bar de la plaza, D. Agustín se le acercó y le dijo ``¿A que no conoces la historia del museo que vigilas?''. Juan Carlos, que no era nacido allí, tras reconocer que no sabía casi nada de aquel lugar, se dispuso a escuchar la historia que D. Agustín iba a contarle, que fue más o menos así:
Don Juan Manuel del Real y Villegas, marqués de Miranda, era un pequeño noble rural perteneciente a una estirpe de segundones dentro de la nobleza española. En su familia, originaria de Navarra, con poco linaje y honores, solamente había destacado la persona a la que se le concedió el marquésado, muchos siglos atrás: Don Álvaro del Real. A éste militar de prestigio y fama le fue otorgado el título gracias a una carrera militar intachable, y más concretamente, tras una campaña veraniega en 1186 llena de éxitos en la guerra contra los moros, permitiendo sus victorias que el rey Alfonso VIII de Castilla pudiera reconquistar todo el norte de Extremadura y fundar, ese mismo año, la ciudad de Plasencia. En agradecimiento por los servicios prestados fue nombrado marqués, entregándole la corona unas pocas tierras en la Extremadura que él mismo ayudó a reconquistar. Allí murió disfrutando de sus rentas y de la tranquilidad de la vida en el campo.
Sus descendientes se ocuparon de mantener el marquésado y poco más. Siempre huyeron de la vida de la corte y se limitaron a mantener el orden en sus tierras y a enviar alguna fuerza de apoyo cuando así lo solicitó el rey de turno. Poco a poco, con el paso del tiempo, los Miranda fueron olvidando sus habilidades guerreras y se convirtieron en meros garantes de los privilegios familiares, evitando disputas políticas y enfrentamientos con otros nobles. Eso sí, todos ellos conservaron la armadura de su noble antepasado, permanentemente exhibida en el salón principal del palacio como símbolo de su nobleza y aviso perenne de lo que la ley, el rey y Dios les había otorgado: el derecho sobre la vida y la muerte de todos su súbditos.
Don Juan Manuel, en el año de 1689, reinando España Carlos II de Austria, llamado ``el hechizado'', era, a su vez, un pequeño rey en sus dominios. La trashumancia de ovejas merinas organizada por La Mesta le dejaba buenas rentas y pocos conflictos, pues en aquellas tierras la labranza era algo apenas testimonial y los pastores campaban a sus anchas sin litigios significativos con los labriegos, como sí ocurría en otros lugares. Disfrutaba, por ello, de mucho tiempo libre, que dedicaba generalmente a la caza, actividad más que propicia en aquel terreno infinito, libre de muros y límites, sin sembrados, sin apenas cortijos, plagado de encinas, jaras y matas que formaban la dehesa, esa selva única por la que se cabalgaba siempre rodeado de conejos, ciervos, y zorros. Terreno de caza no solo del marqués, sino también del lince, del lobo y del águila.
Pero aquel día caluroso de verano, en el que el marqués de Miranda se disponía a disfrutar de la fiesta de la cosecha que los vecinos de Villareal celebrarían en su honor, todo cambiaría para siempre. La comitiva del marqués, formada por un pequeño grupo de amigos con los que había pasado la mañana cazando, llegó a la plaza del pueblo a la hora de la comida. Al grupo de nobles les seguía otro muy numeroso de alguaciles, perreros y servidumbre de todo tipo, encargados de asistir a los señores. Todos ellos viajaban escoltados además por diez soldados, por lo que su llegada fue observada con gran expectación por lo lugareños, que esperaban, de pie, con las mesas lista para comer, colocadas bajo los soportales que rodeaban toda la plaza. Mientras el cura y el alcalde recibían al marqués y su grupo, la servidumbre y los soldados fueron tomando asiento en las mesas que les tenían preparadas.
Los nobles entraron en el ayuntamiento, y sin ningún tipo de protocolo, salvo esperar unos instantes el permiso, concedido con un gesto de la cabeza, del marqués, comenzaron a comer y beber. Enseguida la reunión se fue transformando en una fiesta donde el vino se bebía con alegría. El cura y el alcalde, fuera de lugar, se refugiaron en sus respectivos platos, de los que apenas sacaban la nariz, temerosos de no saber que decir en caso de ser preguntados por alguna de aquellas personalidades. El marqués tampoco les hizo el menor caso. Era consciente de que tenía que sentarlos a su mesa para que el resto del pueblo se sintiese representado frente a él, pero no le apetecía ni tan siquiera intercambiar unas palabras de cortesía con ellos.
Y así fue pasado la comida. Los comensales cada vez más borrachos y el marqués más aburrido. La algarabía de la plaza se escuchaba a través de los ventanales, abiertos de par en par para tratar de refrescar un poco el salón. El marqués se asomó al más cercano, para ver como la gente vulgar se divertía. Su mirada se detuvo en un grupo de jóvenes que cantaban y bailaban alrededor de una muchacha. Todos parecían querer halagarla. Don Juan Manuel pensó que era preciosa. Morena, con unos grandes ojos negros y un pelo largo y sedoso, destacaba sobre toda la chusma que se agolpaba a la sombra. Pensó que era la mujer más hermosa que había visto en mucho tiempo y con ese pensamiento en la cabeza, se disponía a volver a la mesa, cuando ella, con una sonrisa en la cara y una mirada de provocación que clavó en el marqués, cogió la guitarra y comenzó a cantar.
Don Juan Manuel se quedó hipnotizado. Aquella voz provocadora, sensual, se introdujo en su cabeza y se transformó, instantáneamente, en pura pasión animal. No podía dejar de mirarla, ni de fijarse en todos sus gestos: La seguridad con la que cantaba, la forma de sonreír a los hombres que, extasiados, se agolpaban a su lado para escucharla, la picardía con la que movía sus hombros, la luz blanca que irradiaba su piel tersa... Sintió tal atracción por la chica, que sin poder dejar de mirarla, llamó a voces al alcalde, que corrió a su lado.
--¿Quién es esa muchacha que canta, alcalde?-- preguntó sin dejar de mirar hacia la plaza. Éste, tras asomarse, respondió:
--Es mi hija, señor marqués. Se llama Isabel.
--¿Tu hija? ¿Y como es que no la has sentado a la mesa, con nosotros? ¿Has querido ocultármela, viejo avaro?
--¡No señor, claro que no! No es costumbre que mi familia acuda a estos actos.
--¡Y ahora entiendo porqué! ¡Tráela inmediatamente a mi presencia!
El alcalde, abatido, corrió hacia la plaza, para regresar al rato acompañado de la bella Isabel. Ella hizo una lenta reverencia, orgullosa. Su miraba anunciaba un desafío. El marqués la miró lascivamente.
--¿Cuántos años tienes, Isabel? --preguntó.
--Diecinueve, mi señor.
--¿Ya tienes pretendientes?
--No señor. Aún no.
--Pues los jóvenes de éste pueblo han de ser todos unos cobardes cuando aún no se ha postrado ninguno a tus pies para pedirte en matrimonio. O eso, o son todos unos afeminados. Una hembra como tú tendría que estar espantándolos como moscas.
El grupo de amigos del marqués, que no había dejado de observar a Isabel desde que entró en el salón, rió a coro la gracia de su señor. El odio se reflejó en los inmensos ojos negros de la muchacha.
--A lo mejor es que los jóvenes de Villareal son los únicos que saben respetar a las mujeres --respondió ella, aguantando, con descaro, la mirada del marqués.
--¡Yo te voy a enseñar cómo se respeta a las mujeres de tu calaña! --gritó el marqués--. ¡Enrique, José, venid aquí enseguida!
Los únicos dos soldados que se habían quedado de guardia en el salón del ayuntamiento acudieron corriendo al grito de su amo.
--¡Llevadla a la habitación del alcalde inmediatamente! --ordenó el marqués.
El alcalde se lanzó a los pies del marqués, llorando desconsolado, pero Don Juan Manuel, de una patada, se lo quitó de encima y corrió hacia las escaleras. Los cinco subieron al piso de arriba y los soldados, tras empujar a la mujer hacia el interior de la habitación, se colocaron a los pies de las escaleras para impedir que nadie molestara a su señor, que se encerró en la habitación con ella.
Isabel no emitió ni un quejido. Permaneció tumbada, sin resistirse, mientras el marqués la penetraba. Él bufaba sobre su rostro, como un semental agotado, y fue así como se vio reflejado en los enormes espejos negros de aquellos bellos y turbadores ojos. Su rostro aparecía impreso sobre aquellas dos pupilas con una extraña perfección. Aquello no parecía natural. Era como si el marqués se viese a sí mismo flotando en el interior de un oscuro pozo, y su cara se alumbrase con la luz de una luna mortecina. Su expresión, devuelta por aquellos impresionantes ojos, mostraba la pasión y el goce, pero a la vez, sus propios ojos, reflejados en los de ella, despedían una luz fría, sobrenatural... ¡de muerte! Enseguida se dio cuenta de que aquello no estaba ocurriendo como esperaba. Aquellos ojos negros le estaban devolviendo la mirada de un ser mísero, despreciable, infrahumano, que tenía su mismo rostro, aunque parecía proceder de otra persona, desconocida y a la vez, temida. No podía verse reflejado en ellos con la nobleza y grandeza que le correspondía. Era como si aquel odio que desprendían le desnudase el alma, devolviéndole una imagen fantasmal de su autentica persona. Esa que él sabía que nunca podría ser perdonada, porque estaba podrida por el mal. ¡No podía soportar aquellos ojos acusadores! Aquel hechizo había conseguido que lo que comenzó siendo la violación más fácil que había cometido en su vida se convirtiese, sin saber como, en una especie de juicio final. Aunque dudaba de si era Dios o el mismísimo Satanas quien le juzgaba.
¡Aquello tenía que acabar! Era como una tortura; un anuncio indubitado de un futuro sufrimiento. Esos ojos negros le anunciaban, con una certeza absoluta, su condenación eterna. La mirada acusadora era insoportable. Intolerable. El marqués, alargando la mano, cogió su puñal y lo clavó en aquel cuerpo tan deseado. Los hizo de manera instintiva, defendiéndose de algo terrible que no era capaz de identificar. Tras aquella puñalada, permaneció inmóvil, observando sus ojos. Quería ver como aquella luz diabólica desaparecía. Pero ella no cerraba los ojos, así que la apuñaló una y otra vez, esperando escuchar de sus labios un quejido; deseando ver una mirada de súplica, de miedo, ¡de subordinación! Ella simplemente expiró. Fue un leve suspiro. Su pecho descendió y ya no volvió a subir. Una sonrisa sarcástica apareció en sus labios a la vez que la vida la abandonaba y su cabeza giró levemente hacia el marqués. Los ojos negros, profundos, gélidos, sin vida, se clavaron en él.
El marqués se separó de aquel cuerpo ensangrentado asustado. Él también estaba empapado de aquella sangre caliente, que parecía ahora estar por todas partes. Dio un par de pasos hacia atrás, alejándose del cadáver, y se sintió desvanecer. "He bebido demasiado vino", pensó, tratando de tranquilizarse. Cerró un momento los ojos para reponerse y recapacitar sobre lo que había pasado. Pero nada más hacerlo, aparecieron en su mente los ojos acusatorios de Isabel. Aquella mirada se encendió en su cabeza provocándole un dolor intenso. Como si un rayo le hubiera atravesado el cerebro. Gritando, salió a las escaleras, tropezó, y las bajó rodando. El alcalde, que no había dejado de llorar y suplicar a los pies de la misma, al verlo ensangrentado, comenzó a gritar y maldecir, y corrió hacia su alcoba. Mientras, Don Juan Manuel salió a la plaza, como loco. La gente que lo vio, completamente empapado en sangre, se asustó y comenzó a gritar. A la vez, el alcalde, asomándose a la ventana, gritaba a los de la plaza, reclamando justicia. --"Ha matado a Isabel. Ha matado a mi hija"--, repetía una y otra vez. La gente trató de abalanzarse sobre él, pero los sirvientes y soldados lo impidieron. El marqués se subió a su caballo y salió del pueblo al galope, mientras los vecinos se ensañaban con los que dejaba detrás, que murieron apuñalados por decenas de navajas anónimas. Aquella noche, mientras las mujeres velaban a Isabel, los hombres descuartizaban y colgaban en el atrio de la iglesia a los hombres del marqués. Después, salieron todos en su busca, caminando a través de la dehesa, hacia el palacio. Una luna grande y bañada en sangre les acompañaba.
Cuando entraron en el amplio y vacío salón, se encontraron al marqués colgando de una de sus vigas. Se había ahorcado. Misteriosamente, la armadura que presidía el salón desde los tiempos del primer marqués de Miranda, tenía una serie de cuchilladas en el peto, por las que manaba lo que parecía sangre. Alguien dijo que los agujeros estaban distribuidos exactamente igual que las heridas mortales del pecho de Isabel.
Desde entonces, según la leyenda, todos los descendientes de aquel marqués han tenido que vivir con la maldición de Isabel, y la leyenda dice que todo ellos han sufrido muertes trágicas, momentos después de que unos ojos enormes, negros, se les aparecían.
--Los habitantes de Villareal han contado esta historia a sus hijos, y les han metido el miedo en el cuerpo con ella cuando no han querido irse a dormir: ``Haz caso, no seas malo o vendrán los ojos de Isabel a llevarte''. Siempre se han escuchado historias sobre apariciones fantasmales de Isabel y ruidos extraños en el palacio. ¿Tú no has escuchado ninguno? --le preguntó D. Agustín a Juan Carlos cuando terminó su narración.
--Creo que no, pero estaré a partir de ahora más pendiente --le respondió, asustado por lo que acababa de escuchar. Y desde entonces, siempre ha vigilado.
Desde que Juan Carlos escuchó la historia de boca de D. Agustín, pasaba las noches de servicio en el museo algo más intranquilo. No era lo mismo, pensaba, trabajar en un gran edificio, sin saber nada de su historia, a hacerlo sabiendo que por aquellas salas creía la gente del pueblo que se paseaba un fantasma. El no era de los que se creía estos cuentos de aparecidos "a pie juntillas", pero en el fondo de su alma siempre había sentido un miedo vergonzoso cuando los escuchaba. Sus mayores decían "yo ni creo ni dejo de creer, pero es evidente que algo hay" y esa había sido siempre su frase cuando le preguntaban sobre estos temas, utilizándola como una eficaz muleta para no entrar en profundidad en lo que él verdaderamente creía sobre la cuestión. Pero la verdad era que sentía un miedo tan profundo hacía todo lo desconocido, a la posibilidad de la existencia de espíritus y aparecidos, que ni siquiera se atrevía a pensar sobre ello. No era capaz de permanecer solo, sentado en su mesa de la recepción del museo, meditando sobre el más allá. Eso le aterrorizaba, motivo por el cual, evitaba cualquier intento de posicionamiento. Simplemente, se negaba a pensar en ello.
Tras varias noches de intranquilidad por la historia de los ojos, Juan Carlos se propuso pasear por las salas del museo y así demostrarse que no había nada allí a lo que temer. Atreverse a hacer aquello era algo excepcional, pues nunca había caminado por aquel lugar después de medianoche. Nunca se había planteado el motivo de ello, y se tranquilizaba diciéndose que era solamente por la rutina que tenía de cerrar ventanas, cenar, ver la televisión y dormir hasta el final del servicio, pero ahora reconocía que le causaba cierto respeto debido a la posibilidad de que en aquel lugar hubiera un fantasma. Pero si quería dejar atrás aquella intranquilidad para siempre, tenía que salir del parapeto de su puesto de guardia y adentrarse en las sombras del palacio.
Las tres siguientes noches tras tomar la decisión, encontró escusas para no llevar sus intenciones a término: Un película interesante, una cena pesada, un programa deportivo en la radio... La cuarta noche llegó a llamarse cobarde, en voz alta, para infundirse ánimos y abandonar su cómoda mesa-comedor-dormitorio. Y siendo consciente de que estaba pasando más miedo del que debería, tras la toma de su decisión final, se levantó, cogió su linterna, y se dispuso a caminar.
El rayo de luz, al pasearse por la primera sala, se reflejó en los cristales de los aparadores, creando unas inquietantes sombras que Juan Carlos creyó que le rodeaban, amenazantes. Inmediatamente se detuvo y trató de tranquilizarse, haciendo una inspiraciones profundas. Enseguida comprendió que tenía que mover la linterna de una forma determinada para que su luz no le jugase malas pasadas, y así, alumbrando más al suelo que a los exhibidores, comenzó a caminar, siempre mirando fijamente el espacio iluminado, pues temía que las sombras de su alrededor le diesen otro susto.
Pero nada más llegar a la altura del primer maniquí, vestido con el traje femenino típico del pueblo, no pudo evitar alumbrarle la cara. Aquella cara de mentón estrecho, con una peluca negra que brillaba como un adorno de navidad y con unos ojos en relieve, del mismo color rosa pálido con el que estaba pintando todo el muñeco, faltos de pupilas, le dieron un buen susto. Nuevamente Juan Carlos trató de tranquilizarse, repitiéndose una y otra vez que tenía que seguir adelante, pues acababa de comenzar su ronda y aún le quedaba mucho por ver.
Y así, con el corazón en un puño, apretando los dientes y pendiente nada más que no tropezar, fue dejando atrás sala tras sala. En una solamente pudo ver algunas cerámicas, en otra aperos de labranza, en otra un enorme carro, junto a una tosca barca triangular utilizada para pescar en el río. Finalmente, llegó al gran salón, donde la linterna solamente alumbraba hasta la mitad del mismo. Allí, junto a la puerta, se detuvo para respirar y tratar de volver a dominar la situación, pues se había dando cuenta que a cada sala que cruzaba, caminaba más deprisa y se fijaba menos en el lugar por que había pasado, encaminándose, a ese ritmo, a una carrera desbocada dominada por el miedo a la que no quería llegar. Además, aquel salón era demasiado grande como para caminar en línea recta hasta la siguiente puerta de salida. Era evidente que le tocaba explorarlo con más detenimiento.
Aquella sala estaba destinada a los objetos originales que aún se conservaban del propio palacio donde estaba ubicado el museo. Juan Carlos, caminado muy despacio, decidió prestar más atención a los objetos mostrados allí, tratando así de calmar su agitada imaginación. Se dijo que debería de hacer algún chiste de lo que fuera viendo, para aliviar la tensión, y con esta idea en mente, se imaginó ser un Howard Carter a la extremeña, entrando en la tumba del marqués de Miranda, aun no explorada por ningún ser humano. Atrás había dejado las salas donde el pueblo había depositado sus ofrendas. Después encontró el carro de combate y la barca dorada con la que el marqués-faraón viajaría al otro mundo. Ahora se disponía a explorar la sala principal, en la que encontraría el sarcófago y la máscara de oro puro, o al menos, algo que se le pareciese. El guarda avanzó decidido y más tranquilo, iluminando en primer lugar una gran cama con un recargado cabecero y un bonito dosel hecho de lino blanco. "¡Ojalá la hubiera descubierto antes! ¡Lo bien que hubiera dormido aquí!'' dijo en voz alta y ese acto valiente de levantar la voz en aquel inmenso espacio vacío de vida, le hizo sentirse más confiado. Siguió caminando y se encontró ante un caballo de madera, de tamaño natural, equipado con una barda de metal brillante. A su lado había tres armaduras de caballero, cada una de ellas colocada de pie en un aparador protegido por un grueso cristal. El rayo de la linterna rebotaba entre ellas e iluminaba aquel expositor con una luz metálica extraña. Juan Carlos se sintió nuevamente desfallecer, ante el resplandeciente brillo de las armaduras, que le hizo creer, tan solo durante un segundo, que mágicamente cobraban vida. Sin pensárselo dos veces, aceleró el paso y se encaminó hacia el centro del salón sin mirar atrás, temiendo ver a sus espaldas como era perseguido por aquellos guerreros del más allá.
Entonces fue cuando la vio. Tras uno de los ventanales laterales, una luz intermitente iluminó a una mujer. Vestida con una espumosa saya blanca, parecía flotar contra el cristal. Tenía un pelo largo y negro y dos grandes sombras negras, profundas, en el lugar de sus ojos. Su rostro, macilento y enfermizo, se giró hacia él. Juan Carlos se detuvo en seco y sin poderlo evitar, se frotó los ojos. Cuando volvió a abrirlos, aquella aparición seguía allí, clavándole una mirada oscura que aspiraba el alma, atraída por aquellas cuencas vacías que no podía dejar de mirar. Después solo recuerda que corrió y corrió, en dirección contraria, hasta la recepción, tirando todo lo que se interpuso en su paso. Abrió la puerta principal y salió como un loco, gritando, calle abajo, en dirección a la plaza mayor, hasta que se dio de bruces contra una patrulla de la policía local.
Juan Carlos había pasado toda la mañana en el ayuntamiento, explicando a los policías lo que había visto en el museo. Salió de allí casi al mediodía, convencido de que se habían reído de su declaración. Al principio pensaron que se trataba de un intento de robo, por lo que pusieron interés en sus palabras, pero a medida que iba explicando el miedo que había pasado y la historia de fantasmas que había oído sobre el museo, las notas que los agentes iban tomando descendía, a la vez que sus sonrisas y miradas de complicidad aumentaban.
Del ayuntamiento se encaminó directamente a casa, y se metió en la cama. Quería que el día pasase lo más deprisa posible. Cuando se levantó, comió algo y decidió que aquella noche no iría a trabajar. Se la tomaría libre, por lo que, como cada noche que libraba, encaminó sus pasos al bar de la plaza, lugar donde pasaría un rato acompañado hasta que llegase el sueño.
Al llegar al establecimiento, lo primero que vio nada más abrir la puerta, fue a Don Agustín, apoyado en la barra del bar, riéndose a moco tendido. Al otro lado estaba María, la camarera y dueña de la taberna, que también se carcajeaba, como una hiena joven, tapándose la boca con la mano derecha. Juan Carlos pensó que se reían de él, pues enseguida que se dieron cuenta de su presencia, se callaron y trataron de poner una cara lo más seria posible, alejándose ella a la otra punta de la barra, simulando estar atareada, y corriendo él a sentarse en la mesa ubicada al fondo del local. Juan Carlos, apretando los dientes, lo siguió hasta allí y se sentó a su lado. Quería desintegrarlo con la mirada. Don Agustín, ya con su aspecto serio habitual, que recordaba al cura dando el responso, lo miró tranquilo y adivinando el motivo de aquella mirada, le dijo:
--No creas que nos estábamos riendo de ti. Hablábamos de otras cosas.
--Sin duda --dijo Juan Carlos, convencido de que estaba mintiendo--. Solo quiero hacerle una pregunta: ¿Era verdad lo que me contó sobre Isabel y el marqués? ¿Es verdad que existe la maldición de la mirada de ese fantasma?
Don Agustín se lo pensó un momento antes de responder.
--¡Pues claro que es verdad! --dijo de repente--. Pero, cuando se habla de leyendas y fantasmas ¿qué es real y que no? La historia de la muerte de Isabel, la hija del alcalde, ocurrió tal y como te la conté. Está narrada en muchos libros. Las historias del fantasma del palacio se han contado desde siempre, solamente hay que buscar un poco en las hemerotecas para comprobarlo. Pero ¿qué palacio no tiene ese tipo de historias? ¿Por mucho que se cuenten, son verdaderas? Yo pienso que para que, generación tras generación, se siga hablando del fantasma de la mirada, tiene que haber ocurrido algún hecho original que motivó la leyenda. Algo hay en ese edificio que ha venido asustando a los habitantes de este pueblo desde hace siglos. Puede que sea solamente la leyenda lo que les da miedo, o puede que el enorme miedo generado originalmente, haya pervivido hasta nuestros días, transformándose en un cuento que ha sido narrado las noches de frío, al calor del fuego del hogar, pasando así, generación tras generación, al inconsciente colectivo de este pueblo, y esa sea su auténtica maldición.
Permanecieron callados un momento. Juan Carlos no sabía qué pensar. "Si la leyenda ha perdurado tanto tiempo, algo de verdad tiene que haber en ella'', se decía a sí mismo.
--Las personas de otros siglos no eran menos inteligentes que las de ahora, sino todo lo contrario. Sabían convivir con ciertas cosas que en estos tiempos tan modernos, por no comprenderlas, preferimos ignorar --. Soltó de repente, levantando la voz un punto más de lo debido. Don Agustín permaneció un instante callado, mirándolo a los ojos.
--Tú, según cuentan, has visto a esa mujer. ¿Es verdad?--. Respondió al rato Don Agustín. En sus ojos apareció un brillo que, por una décima de segundo, iluminó una expresión de satisfacción, como si supiera perfectamente cuál iba a ser la respuesta y fuera capaz de disfrutarla por anticipado. Juan Carlos, por el contrarió, ocultó su rostro entre las manos, inclinándose sobre la mesa. Cuando miró al anciano, el terror se leía claramente en sus ojos.
--La he visto y me miró. No sé por qué lo hizo, pero ahora tengo mucho miedo. ¡No quiero morir!
Don Agustín permaneció callado, viendo como nuevamente Juan Carlos se tapaba la cara y unos sollozos se escapaban entre los dedos de sus manos.
--Mira, creo que estás exagerando todo esto --dijo al rato--. No hay que pensar que te va a pasar nada. En el peor de los casos, suponiendo que toda esta historia fuera verdad, la maldición siempre ha ido dirigida a los descendientes del marqués. Tú no tienes que ver nada con esa familia. No eres siquiera de éste pueblo. Creo que, aunque Isabel se te hubiera aparecido, el mensaje que te ha enviado no es el de muerte. Ahora hay mucho parapsicólogo de esos en televisión y todos dicen que nunca hay que temer nada de los fantasmas, que lo único que pretenden es comunicarse, enviarnos un mensaje. Puede que tú seas el intérprete, el mensajero del fantasma de Isabel. Has pasado muchas noches en aquel lugar y ella, a su manera, te tiene que haber aceptado, asimilado, y ahora es capaz de contactar contigo. ¡No tengas miedo! Siéntete un privilegiado porque estás experimentando algo que muy pocas personas han experimentado nunca.
Juan Carlos sintió que flaqueaba. No quería pensar en aquella posibilidad. El que una persona tan ilustrada como aquel hombre con el que estaba hablando le estuviese diciendo que era muy posible que el fantasma existiese, le hacía temblar de miedo. Él no quería creerlo, aunque era evidente que sus sentidos no le habían engañado. Vio algo en aquella ventana... Finalmente, decidió darle una oportunidad a la sabiduría de su interlocutor.
--Si la maldición no va dirigida a mí, ¿qué es lo que puedo hacer para no volver a ver al fantasma?
En ese momento Don Agustín se reclinó sobre su silla. Parecía satisfecho de escuchar aquellas palabras.
--Simplemente, si lo vuelves a ver, acércate a él. Trata de atender a lo que hace, a lo que señale... ¡No salgas corriendo, vamos! Estas experiencias suelen ser muy cortas, desaparecerá enseguida. Pero hasta que no entienda que el mensaje ha llegado, no dejará de aparecer. No te lo quitarás de encima.
Con aquella conversación en mente se acostó Juan Carlos. No dejó de darse ánimos en sus sueños. Quería acabar con aquella historia lo antes posible, y cuando se levantó, a la mañana siguiente, estaba determinado a ir a trabajar por la noche y a enfrentarse a lo que hiciera falta. Y así, a las diez en punto estaba en el museo. De forma rutinaria hizo su ronda de inspección de ventanas y puertas, se sentó en la recepción, se dispuso a ver la televisión y se preparó, atrincherado en su puesto de trabajo, a esperar a que ocurriese lo que fuera. La suerte estaba echada.
Habían pasado ya tres semanas, y Juan Carlos realizaba su ronda con más tranquilidad. Aún pensaba en lo que había visto a través de aquella ventana, pero a medida que habían ido pasando los días, se había ido convenciendo de que todo fue fruto de su imaginación. No podía haber visto nada extraordinario, porque ni en aquel museo ni en aquel pueblo había nada extraordinario. Todo se debía, ya no le cabía duda, a una creación de su mente, enloquecida por sus propios miedos. Además, la explicación que le dio Don Agustín la noche siguiente al suceso, en cierta medida, le había ayudado a tomarse las cosas de otra manera. Era evidente que él no era descendiente de los Miranda y que no podía ser objeto de una venganza a través del tiempo, o mejor dicho, de una maldición. Porque así es como se llama a una venganza eterna. Maldición.
Pero lo que aún seguía preocupándole era la facilidad con la que había perdido los nervios ante unas simples sombras. Era algo totalmente incompatible con un trabajo como el suyo, por lo que se había propuesto buscar algún tipo de ayuda para aprender a dominarse. Como al único hombre versado que conocía en aquel pueblo era a Don Agustín, a él se había dirigido para solicitarle orientación, comprometiéndose el sabio local a buscarle algunos libros de auto-ayuda para que leyese durante sus largas guardias.
Lo que había cambiado desde el suceso fue que ya no era capaz de dormirse sobre la mesa. Desde que entraba en el museo hasta que lo abandonaba, estaba permanente en guardia, vigilante, temeroso de que algo fuera de lo común lo volviese a hacer perder la cabeza. Temía más por su reacción que por lo que efectivamente pudiera aparecer frente a él, consciente y convencido de que, realmente, no sería nada, sino solamente algún loco juego de su imaginación. Además, no quería dormir, porque desde aquella noche sufría terribles pesadillas, en las que unos ojos gigantes, sin cara detrás de ellos, le perseguían por las salas del museo. Quería evitar a toda costa despertar sudoroso, asustado, con el corazón latiendo a toda velocidad, y verse allí, en el museo, solo, esperando a que dieran las ocho de la mañana para regresar al refugio seguro de su casa.
Y aquella noche Juan Carlos se dispuso a comenzar la lectura del libro que le había dejado Don Agustín. Después de cumplir con el ritual de cerrar todas las ventanas y apagar las luces, cenar frente al televisor y tomarse un café, se acomodó en su sillón y se dispuso a aprender cómo controlar el miedo. Le llamó la atención que el libro comenzaba aconsejando exponerse a situaciones que causasen ansiedad o miedo y aguantar frente a ellas el mayor tiempo posible, o al menos, hasta detectar que ese miedo comenzaba a descender. Para ello, había que hacer una listado de situaciones que creaban en el lector distintos niveles de ansiedad, ordenarlos de menor a mayor, formando una curiosa escala del pánico, y comenzar a exponerse a la más leve, hasta tenerla completamente dominada. Juan Carlos pensó que aquello era lógico, y se dispuso a crear su propia escala, adaptada a su trabajo en el museo, ordenándolas de menor a mayor miedo. Tomo un folio en blanco, y escribió:
Fue en el preciso momento de terminar de confeccionar la lista cuando descubrió que lo que más miedo le daba era exactamente eso, asomarse a la venta por la que creyó ver al espíritu de Isabel. Más que volver a ver aquel rostro venido desde el otro mundo, lo que le aterrorizaba era que, en caso de verlo, quedaría confirmada su existencia, y eso era algo que no quería ni siquiera pensar. ¡No podía dudar de que todo fue una mala pasada de la mente, por muy real que fuera la experiencia!
Antes de terminar su turno de guardia se había leído el libro y en los siguientes días fue poniendo en práctica sus enseñanzas, enfrentándose, poco a poco, a su particular medida del miedo. En las siguientes semanas superó los cuatro primeros puntos, pero no conseguía dominar el miedo que le daba el gran salón. Era muy grande y difícil de iluminar como para caminar a través de él con tranquilidad.
Había pedido consejo a Don Agustín sobre éste problema, pero el hombre solamente le aconsejó que insistiera y que no se rindiese. --¡La constancia es el secreto de todo aprendizaje!-- le dijo, y con esas palabras en mente, noche tras noche, se colocaba frente a la puerta de entrada al salón y se daba ánimos, se llamaba cobarde, pero en el preciso momento de comenzar a caminar, algo en su interior le decía que volviese a su mesa.
Las noches que libraba y coincidía en el bar de la plaza con Don Agustín, comentaban sus intentos frustrados, y aunque el anciano le animaba para que no se rindiese, Juan Carlos cada vez estaba más convencido de que no podría hacerlo.
--Es como si algo en mi interior me dijese que no entrase allí, que me espera algo terrible. No es solamente miedo, es como un aviso, una revelación... ¡Algo que no sé explicar! --decía casi con lágrimas en los ojos.
--¡Eso es el miedo! --le respondía Don Agustín--. Necesitas justificarlo para hacerlo más soportable, y te inventas sensaciones y mensajes subliminales para evitar llamarte cobarde, pero la realidad es que estás cagadito de miedo. Y para dominarlo, lo único que tienes que hacer es enfrentarte a él, ya lo sabes.
--Lo sé, pero es muy difícil. No puedo hacerlo, lo siento.
--Pues deberías de dimitir en tu trabajo. Piensa que como se sepa en el pueblo que le han dado ese puesto tan estupendo a un forastero que tiene miedo de pasearse por el museo, tal y como está la cosa de mal aquí, donde casi todos están en el paro, se va a armar una muy gorda.
--¿Pero usted no dirá nada, verdad?
--No hace falta. Tú solito distes muchas pistas cuando le explicaste a los municipales lo que creías que habías visto. ¿Crees que ellos guardan el secreto profesional? Aquella tarde ya lo estaban comentando por todos los bares del pueblo, y ahora lo saben todos. Te estás salvando porque no ha habido más escándalos, pero uno más y te garantizo que estarán todos pidiéndole al alcalde tu cabeza. Por cierto, ¿cómo es que te dieron este puesto nada más llegar aquí, si no te conocía nadie?
--Era el más indicado --dijo Juan Carlos desviando la mirada.
--¿El más indicado para qué? ¿Para dormir a pierna suelta en un establecimiento municipal? ¡Venga ya, no te lo crees ni tú! Algo más habrá en este asunto ¿verdad?
--Digamos que el alcalde y yo somos viejos amigos, y me debía una. No pienso decir nada más, y espero que esto no salga de aquí ¿comprendido?
--Comprendido, comprendido. Tranquilízate. No me interesan vuestros chanchullos.
Después de tomar algunas copas más, Juan Carlos se despidió y se marchó a su casa. Don Agustín se quedó sentado en el mismo sitio, pensativo. Mientras apuraba su bebida, meditaba sobre lo que habían hablado y sobre su plan, porque aquella conversación había sido la señal que le indicaba que había que ponerlo en marcha sin dilación. No podía esperar más. Ya lo había aplazado demasiado tiempo.
Una vez más, allí estaba Juan Carlos, frente a la entrada al gran salón. Estaba temblando como un niño pequeño, aterido de frío, recién salido del baño. Pero él lo hacía de miedo. A pesar de los insultos que mentalmente se dirigía a sí mismo, no se atrevía a dar un solo paso más. ¡No entraría! Ya estaba dispuesto a rendirse, retirándose a su refugio, cuando escuchó claramente un ruido que no supo identificar, al otro lado de la puerta. Se quedó inmóvil y prestó atención: Nuevamente sonó algo. Parecía como un golpeteo contra un vidrio. Tenía que ser un golpeteo fuerte para que llegase hasta él. Haciendo de tripas corazón, abrió la puerta y avanzó, temeroso. Iluminó de frente, a media altura, y enseguida volvió a ver la luz de su linterna rebotando contra los cristales de los expositores. En esta ocasión lo soportó mejor; sintió cómo se dominaba, y no perdió el control como en la vez anterior. Quizás era debido al entrenamiento de las últimas semanas, se dijo. Ahora sonaba algo muy real, algo que le provocaba alarma. Puede que en esta ocasión tuviera que ejercer como guarda y evitar un robo.
Con esa idea avanzó, ahora con más precaución y menos miedo. Podría ser agredido, pero cada vez estaba más seguro que sería por un ladrón y no por un fantasma. El golpeteo continuaba. Se escuchaba en el centro del salón. Siguió avanzando, despacio, en guardia. Utilizaría la linterna como defensa rígida, a falta de otra cosa. Lo importante era sorprender al causante de aquel ruido. Siempre es mejor atacar que ser atacado. Si pudiera pillarlo por la espalda, estaría todo hecho: Agresión violenta, acompañada de fuertes gritos, reducción, inmovilización y héroe. Ladrón detenido. Ahora el ruido era más fuerte.
Pero al llegar al centro de la gran sala, descubrió que el ruido procedía de una de las paredes laterales, precisamente de la dirección del ventanal aquel en el que vio al fantasma, hacía ya tanto tiempo. Los expositores que había entre el lugar en el que él se encontraba en ese momento habían hecho de pantalla, distorsionando y confundiendo el origen del los golpes. Pero una vez que llegó allí, no le cupo ninguna duda. Aquella ventana era el punto al que tendría que dirigirse. Ese descubrimiento no le tranquilizó precisamente. Pero ahí estaba de nuevo el repiqueteo: ¡Pom, pom, pom...!
No se atrevía a iluminar el ventanal. Tenía en mente la imagen de aquella mujer, con rostro pálido y las cuencas vacías, cubiertas por una sombra.... ¡Terrible!
Detrás de la ventana se ocultaba María, la dueña del bar de la plaza, disfrazada, como en la otra ocasión, del fantasma de Isabel. A su lado estaba Don Agustín. Golpeaba contra el cristal para atraer la atención de Juan Carlos. A la vez que levantaba la mano para pegar con una piedra sobre el mismo, se pegaba a la mujer para no ser visto desde el interior. Ella vigilaba, esperando que el guarda se acercase. Entonces avisaría a don Agustín para que la iluminase con el foco que llevaba, al que le habían colocado un filtro rojo para que resaltase su aspecto fantasmal y pareciese que realmente, venía del infierno. Se había pintado una gran franja negra sobre sus ojos, de tal manera, que incluso sabiendo que era solamente maquillaje, impresionaba a su acompañante.
En el momento en que la luz de la linterna del guarda se reflejó contra la ventana, se pusieron en acción. Repitieron la misma escena que semanas atrás, y con igual éxito: María pegó su cara al cristal a la vez que se subía al alféizar y, separando su cuerpo para que no se viera desde dentro, se incorporaba poco a poco. A la vez, Agustín encendía el foco y la iluminaba desde abajo. Esto conseguía crear la ilusión de que el fantasma flotaba junto al ventanal. En tres segundos escucharon el terrible grito que Juan Carlos dio desde el interior y vieron como se apagaba la luz de su linterna. Pero en esta ocasión, no escucharon su alocada carrera, ni el ruido de las cosas que iba tirando en su huida. Algo no había salido bien.
Agustín estaba satisfecho. Se estaba riendo con unas grandes carcajadas que trato de dominar, para que no le escuchase alguien del pueblo. El trasnochar había valido la pena. Juan Carlos había demostrado, una vez más, que era un cobarde, y de esta le echaban del trabajo, seguro. Y era lo más justo. Nadie en el pueblo podía entender como le habían dado ese puesto de trabajo, precisamente a él, que era un forastero desconocido. Y estando el pueblo como estaba. Casi toda la gente joven lo había abandonado, por falta de trabajo. ¡No se podía tolerar que alguien de fuera trabajase en aquel pueblo mientras sus paisanos tenían que irse! Y para eso estaba él allí, el único descendiente vivo de los Miranda, el único que valoraba realmente lo que aquel museo era y lo que contenía, pues en su mayoría, eran las cosas de su familia. ¡De la única familia que no había sido campesina en aquel pueblo!
--¡Algo le ha pasado a Juan Carlos! --le gritó María, sacándolo de sus ensoñaciones. Le indicaba el interior del museo, y desde el ventanal, tras quitarle el filtro al foco, iluminó su interior. El guarda estaba tirado en el suelo. Una baba espesa y espumosa salía de su boca. Tenía los ojos desorbitados... ¡Estaba muerto, no había duda!
María comenzó a chillar y Agustín la hizo callar.
--¡No nos delates o estamos perdidos! --dijo a la mujer. --Lo mejor es que nos marchemos y dejemos que la leyenda cargue con la culpa de lo aquí sucedido.
Ella le miró con ojos de miedo, potenciados por el maquillaje negro que los rodeaba.
--¿No te atreverás a dejarle ahí tirado?
--¿Por qué no? Ya está muerto. Nada podemos hacer por él. Lo mejor es salir corriendo de aquí. ¿No te das cuenta de que te pueden acusar de asesinato y meterte en la cárcel? ¿Es eso lo que quieres?
María, tras dudar un momento, corrió en dirección al pueblo. Agustín, mucho más mayor, se dispuso a caminar en su misma dirección. Pero en ese momento, un fuerte golpeteo sobre los cristales del ventanal llamaron su atención. Cuando se giró, se quedó horrorizado: Una mujer con el cuerpo ensangrentado le miraba. Su miraba era profunda y reflejaba un odio eterno. Su labios se movieron y él adivinó sus palabras sin oírlas: "Miranda. Miranda. Miranda."
Supo que estaba muerto.
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