Tres días después, al bajar al bar a desayunar, me encontré con un grupo de cinco turistas que hablaban a voces. Estaban sentados en una mesa junto a la chimenea. El que llevaba la voz cantante, de unos veinticinco años, al verme se acercó corriendo.
—¿Usted también ha venido a vivir de cerca los misterios de la comarca, señor? Soy Charles Fenwick, y aquellos son mis amigos. Hemos venido desde Londres a pasar unos días por aquí, atraidos por las leyendas de la zona y el reciente artículo en el Midnight Gazette. Dicen que, además de la Mansión Blackthorn, existen cuevas donde se han celebrado rituales mágicos durante siglos.
—Hola. soy Arthur Henshaw —le respondí—. El periodista que ha escrito ése artículo que comenta.
Charles pareció encantado con mi respuesta. Me estrechó la mano con fuerza y me condujo de inmediato a su mesa, sin dejarme siquiera pedir el desayuno.
—¡Chicos, este es el señor Henshaw! —anunció—. ¡Periodista! ¡Viene a escribir sobre los misterios locales!
Los demás me saludaron entre sonrisas y comentarios. Había una pareja joven, ambos vestidos con ropas de excursionismo demasiado nuevas como para haber sido usadas más de un día; un tipo alto y pálido con gafas redondas y voz apagada que apenas murmuró su nombre —William—; y una chica de pelo oscuro y mirada atenta que se presentó como Alice Morton. Ella fue la única que no parecía completamente entregada al entusiasmo de Charles.
—Nos encantaría saber qué ha averiguado usted hasta ahora —dijo Charles, mientras me hacía sitio junto al fuego—. Nosotros solo tenemos conjeturas, historias fragmentadas... rumores. Pero usted, usted ha estado allí, ¿no es así? ¿En la mansión?
Me senté con cautela, sopesando lo que debía o no contar. La posada tenía los mismos oídos que la mansión, sospeché, aunque mucho más indiscretos.
—Digamos que he cruzado la verja —respondí—. Pero no he visto más que un recibidor oscuro y una biblioteca inmensa. El dueño no es muy dado a las visitas—. Decidí callarme la visita nocturna. Tenía pensando incluirla en el próximo artículo.
—¡Pero eso ya es más de lo que cualquiera ha conseguido en décadas! —exclamó William, con más entusiasmo del que su aspecto sugería.
—¿Y qué impresión le dio? —preguntó Alice, mientras removía su taza de té—. ¿Es cierto que está loco? Algunos dicen que ha hecho pactos con cosas que no deberían existir.
—No me pareció loco —dije, midiendo cada palabra—. Pero sí... diferente. Como si hubiera pasado demasiado tiempo solo entre libros y sombras. No me dio la impresión de que creyera estar poseído por nada. Más bien parecía cansado. Aunque en su mirada había algo... no sabría decir qué. No era miedo. Tal vez resignación.
Charles se inclinó hacia mí, bajando un poco la voz.
—Hemos oído hablar de una caverna bajo la casa —susurró—. Según una crónica local, el monasterio sobre el que se construyó la mansión estaba conectado con un santuario pagano subterráneo. Dicen que hay pinturas allí, y un altar donde se hacían sacrificios.
Mis dedos se tensaron alrededor de la taza. No pude evitar mirar de reojo a los demás, que también habían bajado la voz instintivamente.
—¿Dónde han oído eso?
—Un viejo en Silverbridge. Un tal Harold Finch. Dice que su bisabuelo trabajó en la reforma de la mansión en 1858. Asegura que vio cosas bajo tierra que no quiso describir. Finch tiene notas, mapas... quizá podamos conseguir una copia si se lo pedimos bien.
Me tragué la última pregunta que iba a hacer. Algo me decía que no debía alentarles. Aquellos jóvenes no sabían lo que hacían, ni qué estaban despertando con sus palabras.
—Mi consejo —dije finalmente— es que disfruten del paisaje y no intenten entrar en la mansión. Créame, no hay nada allí que valga la pena descubrir.
Alice me sostuvo la mirada unos segundos más que los demás.
—¿Habla por experiencia propia, señor Henshaw?
No respondí. Me levanté con una sonrisa breve y me dirigí al mostrador para pedir mi desayuno. Mientras Edda servía un poco de gachas y pan oscuro, noté que Charles seguía hablando animadamente con sus amigos, gesticulando como un predicador. No había escuchado ni una palabra de advertencia. Peor aún: parecía aún más decidido a seguir adelante.
Fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque había ido a Thornvale a buscar una historia, quizás acababa de tropezar con otra que podría ser aún más peligrosa: la de un grupo de jóvenes curiosos, sin miedo ni preparación, decididos a explorar un lugar que no toleraba visitantes.
Y esta vez, no era Lord Thorne quien estaba en peligro. Eran ellos.
Esa misma noche, tras una cena solitaria y silenciosa en el comedor de The Hollow Lantern Inn, salí a dar un paseo por la plaza. El aire estaba impregnado de humedad, y las piedras del suelo brillaban como si las hubiera lamido una lengua invisible de niebla. A lo lejos, las colinas ocultaban la luna. Thornvale parecía suspendido fuera del tiempo.
Estaba a punto de regresar a mi habitación cuando vi una silueta sentada sola en el banco frente al viejo pozo. Era Alice Morton. Llevaba un abrigo oscuro y fumaba un cigarrillo sin demasiada convicción. Me saludó con un gesto leve al verme.
—No me esperaba encontrar a nadie a estas horas —dije, acercándome.
—Ni yo —respondió—. Pero supongo que me cuesta dormir en sitios como este. El silencio... pesa.
Me senté a su lado. Durante unos segundos, ninguno habló. Solo se oía el chisporroteo lejano de la chimenea del bar y el crujido de la madera vieja del porche.
—¿Por qué viniste realmente? —le pregunté, al fin.
—Porque Charles cree que está en medio de una novela de Lovecraft —sonrió con tristeza—. Y porque me interesa cómo se construyen los mitos. Trabajo en el Museo Británico, en la sección de folklore. Lo que más me fascina no es si las leyendas son reales, sino qué las alimenta, por qué perduran.
—Y esta comarca tiene material de sobra —asentí.
—Demasiado. Pero lo curioso es lo siguiente —añadió, bajando la voz—. Hace unos meses encontré en el archivo del museo una serie de cartas. Estaban en una colección privada, sin clasificar. Eran de Lady Margaret Fairchild, dirigidas a una prima suya que vivía en Kent. La correspondencia termina abruptamente en 1863, pero en las últimas cartas hay algo interesante.
Me volví hacia ella, intrigado.
—¿Qué decían?
—Margaret hablaba de que Elias había perdido casi toda su fortuna invirtiendo en “expediciones inútiles”, comprando libros raros, mapas, objetos antiguos... que pasaba días enteros sin dormir y que la casa se estaba llenando de “cosas que no comprendía”. Pero también decía algo más concreto: que Elias había vendido en secreto parte de las tierras de la familia para seguir financiando sus obsesiones. Que temía que, si ella pedía la separación legal o lo denunciaba, él no dudaría en hacerla desaparecer.
—Eso no aparece en su diario —murmuré.
Alice se giró hacia mí.
—¿Tienes el diario?
—Sí —dije—. Lo encontré en la biblioteca, escondido entre otros documentos.
Ella no dijo nada. Su expresión cambió ligeramente, de sorpresa a algo parecido a respeto.
—Entonces ya sabes que no murió de forma natural.
—No lo sé con certeza —repliqué—. Pero lo intuyo.
Alice tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con la punta del zapato.
—Lo más inquietante no es lo que escribió Margaret —continuó—, sino lo que escribió su prima después. En los márgenes, con otra caligrafía. Comentarios como “no confíes en Peter” o “si algo me ocurre, ve a la rectoría de Silverbridge. El reverendo Markham lo sabe”.
—¿El reverendo Markham?
—Murió hace años. Pero su nieto aún vive. Creo que se llama Graham Markham. Es profesor retirado y vive en una casita cerca del bosque, al norte del pueblo. Charles no se interesa por eso. Solo quiere fotos de símbolos y cavernas. Pero yo... —se detuvo un momento—. Yo quiero saber si Margaret fue asesinada. Y si sus hijos están realmente muertos.
Un silencio se instaló entre nosotros, más espeso que la niebla.
—Voy a buscar a ese tal Markham —dije.
Alice asintió con lentitud.
—Yo te acompaño. Pero no le digamos nada a Charles. Él quiere misterios. Nosotros buscamos verdades.
Esa noche, después del encuentro con los turistas y mi conversación con Alice Morton en el banco frente al pozo, apenas pude dormir. Los acontecimientos de los últimos días se entrelazaban en mi mente con el rostro huesudo de Lord Thorne, las palabras de Margaret y la amenaza velada de Peter en la caverna. Algo me decía que estaba cada vez más cerca de descubrir la verdad... aunque no estaba seguro de querer conocerla.
Sin embargo, finalmente, agotado, cerré los ojos y sin darme cuenta, me vi de nuevo en el claustro. Las llamas de la hoguera central formaban una columna de fuego que se elevaba hasta las nubes e iluminaban perfectamente aquellos pilares formados por cuerpos humanos empalados. Pero en ésta ocasión pude verles las caras. Allí estaban Arthur Henshaw, con el rostro retorcido en una muesca de terror absoluto; la pareja joven, uno junto al otro, con unos ojos enormes y sin luz alguna, mirando al vacío o quizás, ya puestos en el otro mundo; y el tipo alto y pálido, William, que ahora parecía de mármol. Extrañamente, no estaba Alice Morton.
Esperé a que el anciano apareciese en escena, pero en su lugar lo hizo Lord Thorne, que junto al altar, y vestido con una túnica negra ritual, levantaba un enorme puñal sobre el pecho de una bella mujer, desnuda, atada de manos y pies y amordazada. No dudé de que se trataba de Lady Margaret Fairchild. Antes de atravesarla con aquella extraña daga, Thorne dijo en voz alta unas palabras en una extraña lengua. Era sin duda algún conjuro o invocación. Y cuando descargó el cuchillo, la sangre roja corrió por el cuello de la mujer y bajó a la piedra del altar, avanzando poco a poco por un pequeño canal lateral que desembocaba en un tubo dorado que se unía al suelo, justo debajo. Me que ensimismado viendo correr la sangre, y cuando se perdió por el tubo, se escuchó un terrible aullido y como el derrumbe de una profunda mina, ya que aquel estruendo parecía venir del centro de la tierra. Fue como si un monstruo del averno estuviese aporreando la puerta de casa. En ese preciso momento, todos los cuerpos empalados comenzaron a gritar, como respondiendo al grito de las profundidades. Eran gritos guturales, pues muchos tenían las gargantas atravesadas por aquellas enormes estacas. Movían las cabezas y algunos, los cuerpos, queriendo retorcerse a pesar de lo limitado de sus movimientos debido al empalamiento. Parecían pequeños insectos clavados vivos por un entomólogo y queriendo escaparse de la caja donde estaban sujetos por los alfileres. Los gritos llenaron todo el espacio. Y a ellos se unió el mío. Sin darme cuenta, estaba gritando como solo se puede gritar en un sueño.
Pero ese grito agónico que salió de mi garganta hizo que todos los demás cesasen y todas las miradas se dirigieran hacia mí: Los cuerpos empalados me miraron, Lord Thorne me miró y el cadáver de Lady Margaret Fairchild giró su cabeza y abriendo sus ojos,me gritó: "¡Sálveme, por favor, sálveme!" A la vez, Thorne me gritó "¡Ya es tarde. Está condenada, nada puede hacer por ella!"
Quise salir de aquel lugar, pero el suelo comenzó a temblar y junto al altar se abrió un enorme agujero del que salió una enorme cabeza, parecida a la de un pulpo de al menos sesenta y cinco pies de largo. Nada más aparecer, abrió su enorme pico y deboró el cuerpo de Lady Fairchild. Después, su cuerpo gelatinoso se fue moldeando alrededor del agujero creado y poco a poco, regresó a las profundidades de donde provenía. Lord Thorne mi miró y sonrió. Parecía feliz por aquella mostruosa aparición. Y de reprente, un fulgor apareció alrededor de su cuerpo y aquella cara maligna pareció rejuvenecer.
A las siete de la mañana, cuando aún flotaba una bruma espesa sobre Thornvale, Alice y yo nos encontramos en la plaza. Vestía un abrigo oscuro, el cuello subido hasta las mejillas, y sostenía una libreta y un pequeño bolso de cuero.
—Listo para conocer a Graham Markham —dijo, sin más preámbulo.
—Más listo que cuerdo —respondí, intentando sonreír.
Tomamos el sendero del norte, que serpenteaba entre los campos empapados de rocío y los robles retorcidos por el viento. Después de una caminata de casi media hora, vimos una casita de ladrillo rojizo y tejado musgoso a la orilla del bosque. El jardín estaba cubierto de malas hierbas, pero bien cuidado. Una hilera de macetas rotas formaba una especie de frontera entre el camino y la entrada. Junto a la puerta, un letrero tallado en madera decía: "G. Markham – Profesor jubilado".
Alice llamó con suavidad. Al poco, se oyó el sonido lento de un bastón sobre el suelo de madera. La puerta se abrió lo justo para dejar ver a un hombre anciano, de rostro anguloso y barba blanca recortada. Sus ojos, sin embargo, estaban muy vivos.
—¿Sí? —dijo, sin apartarse del umbral.
—¿Profesor Markham? —preguntó Alice—. Mi nombre es Alice Morton. Trabajo en el Museo Británico. Este es el señor Henshaw, periodista. Querríamos hablar con usted sobre su abuelo, el reverendo Markham, y su relación con la familia Thorne.
Durante un instante, el anciano no respondió. Luego abrió la puerta por completo.
—Pasen. Pero no esperen respuestas fáciles.
El interior era cálido, lleno de libros, recortes de periódico amarillentos y estanterías repletas de objetos curiosos: huesos de animales, piedras talladas, botellas antiguas con etiquetas manuscritas.
Nos sentamos alrededor de una pequeña mesa redonda, donde un par de tazas de té ya humeaban como si nos estuvieran esperando.
—Mi abuelo fue rector de Silverbridge durante cuarenta años —dijo Markham, sin rodeos—. Y sí, conoció a Lord Thorne. O, más bien, le temía. Nunca lo dijo abiertamente, pero yo era niño y escuchaba detrás de las puertas. Decía que la mansión estaba “maldita desde sus cimientos” y que había cosas allí que no eran obra del demonio, sino del hombre.
—¿Llegó a contarle algo concreto? —pregunté.
—Solo una vez. Poco antes de morir, me hizo prometer que nunca me acercaría a la mansión. Dijo que Lady Margaret había intentado hablar con él en secreto, pero que alguien lo impidió. Y que después de eso, su salud se deterioró sin razón aparente. Le aterraba Peter. Decía que no era solo un sirviente.
—¿Y los niños? —susurró Alice.
Markham se quedó callado unos segundos.
—Mi abuelo creía que estaban vivos. Al menos durante un tiempo. Decía que una noche, en una tormenta, escuchó voces de niños cantando en latín en el bosque. Pensó que deliraba. Pero después, encontró una cruz de plata clavada en un árbol, envuelta en sangre seca.
Me miró con expresión grave.
—Yo no creo en fantasmas, señor Henshaw. Pero sí creo que Lord Thorne urdió una mentira muy grande. Y que su mayordomo ayudó a sostenerla.
—¿Tiene alguna prueba? —pregunté, conteniendo la emoción.
Markham se levantó sin responder. Volvió al cabo de un minuto con una caja de madera. La abrió con manos temblorosas. Dentro había varias cartas, una página de diario escrita con letra infantil... y una fotografía.
En ella, aparecían dos niños. Sus ojos eran oscuros y profundos. Pero no mostraban alegría. Solo una resignación extraña. En la parte de atrás, con lápiz desvaído, alguien había escrito: “Edmund y Eleanor. Tomada por Margaret, verano de 1862.”
—Es suya —dijo Markham, ofreciéndomela—. Solo le pido una cosa. Si descubre algo... publíquelo todo.
Apreté los dientes. Miré a Alice. Ella asintió, sin decir nada.
Yo había venido buscando un artículo. Pero ahora tenía entre manos una historia mucho más grande.
Y mucho más peligrosa.
Continuará.
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